02 enero 2012

diez mil y pico.



Quise decirte que dejé de escribir hace unos meses. Intenté encerrarme en mí misma y contemplar la vorágine que me había nacido dentro a modo de cura de las emociones y de tiempos dañinos. No sirvió de mucho, la opción más fácil era escapar corriendo. Durante unas semanas traté de evitar recibir noticias tuyas, dolías bien dentro, luego creo que sencillamente me acostumbré a tu ausencia. O, tal vez, me apoyé en un mínimo ápice de que terminarías volviendo (y luego volviendo a buscarme a mí). El caso es que he de reconocer que he sabido encajar perfectamente el asunto del tiempo y la distancia, más de lo que nunca hubiera imaginado. Es más, me atrevería a decir que ha sido la forma más sana de superar algo a lo que me haya tenido que enfrentar en años. Y ahora qué.
No me preguntes qué tipo de afinidad encuentro contigo, porque no sabría darte una respuesta convincente. Sólo sé que creo que nos aportamos algo muy fuerte. Hacía eones que no me enganchaba tan rápido y de esa forma tan sincera a alguien, tenía una seguridad plena y un convencimiento gigante de que podría salir algo grande de todo aquello. Pero se puso una tira bien grande de kilometraje de por medio y no me quedó tiempo para intentarte convencer a ti también de ello. Ahora sólo sé que tengo muchísimas ganas de abrazarte, y de verte por aquí de vuelta. Que todo vuelva a ponerse en su sitio, te he echado muchísimo de menos y hasta hace unas horas no he sido realmente consciente de cuánto. Lo demás, no hace falta ni que lo hablemos. Tú, de momento, ven ya de una vez, que tengo unas ganas tremendas de verte.

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