24 noviembre 2012

Toda literatura es pura supervivencia.









En ocasiones reaparece tu beso,
la mano heladora de la muerte que se posa en mi espalda
y me empuja a que dejemos la vida pausada en este otro instante,
un poco más herido que todo pronóstico anterior.
Que me subirás al edén de la ciudad,
marcando con un pacto de sangre sobre un mapa otros tantos lugares 
a los que, con un poco de suerte, me llevarías montada en tus caderas.

En ocasiones me alcanzas con tu beso,
impulsado por esa rabia que te conmueve y acecha
cada mañana solitaria
o en cada vértigo alternativo.
Cuando esas sábanas blancas y esas vistas
y esas paredes como cárceles y esta mirada desgastada y ese café amargo
te parecen tan tristes como cualquier domingo del año.

En ocasiones huyes con tu beso,
cuando te declaras sufridora profesional 
desde mil novecientos noventa y siete. 
Desde que usaron trescientos millones de excusas contigo
y apagabas cigarrillos en la palma de tu mano derecha para sentir,
porque no era suficiente resignarse a esperar a que tu esencia algún día fuera agua
o emergiera azul y equilibrada de tus ojos.

En ocasiones tu beso también huye,
porque decide que asomarse hacia adentro es la única forma de salvarse
y que ya sé que agarrar oportunidades a veces da tanto miedo
como revolcarse en tu pelo y hacerse un nido en el altar
y en el homenaje que le rindes a mi cuerpo
cada vez que te asalta la duda de si soy tu veleta o tu viento, y piensas 
quizás esta vez no sean malos tiempos para los soñadores. 

Y sí,
en ocasiones buscas mi beso
y eres tan tú.

Y siento real esa revolución que implantas y arremetes contra mí, haciendo mella con toda esa concentración de excusas, de idas y huidas, de actitudes viscerales, de tus once vidas diferentes en las que estableces normas que rigen toda esa institución que supone tu arte ambiguo de dolerse por dentro e inmolarse en cada curva de piel vulnerable sobre la que llueves en cada instante paulatino de tiempo, cuando ansias el regreso de los momentos en que aún exhalabas conformismo y sentías que, aunque eras luz tildante y endeble, seguías amaneciendo con prisa buscando melodías en mi cuerpo, remoloneando en cada amanecer en que tu espalda y tu beso y tus sábanas seguían siendo mi guadaña, mi tragedia y mi necesidad, mi sentencia de muerte.





18 noviembre 2012

Las causas perdidas.

"Te marchaste tan ilustremente silenciosa. Como si hubieses andando de puntillas lentamente y de espaldas hacia la puerta para no despertarme. De veras que hubiese deseado con todas mis ganas que te largaras dando al menos un portazo, y que el propio golpe me hiciera pegarme escrupulosamente a la realidad; igual que tu jodida frase, que pareció apenas arañarme y precisaba de mi agarre para que sangrara y provocara escozor."

15 noviembre 2012

Aquí siempre es domingo y anochece más temprano.

05 noviembre 2012

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Ven, búscame, busca la vida como si buscaras cada loseta con charco de menor profundidad, aunque solo se calen tus pies en todas las inundaciones

en el último sorbo del café, en la última frase de cada libro, o en la cara B de alguna cinta de cassette de los Dire Straits que tu padre ponía en el coche cuando tenías cinco años, en los callejones oscuros bajo una farola de luz chispeante, en la sección de novela negra de la librería del barrio, en los servicios de un hostal de carretera, un tropezón, en el ángulo muerto de la parte trasera de un autobús regional de contrachapado en pintura amarilla desconchada. Somos como el agua de ese charco de menor profundidad de cada loseta del que hablaba antes. Creo que las conversaciones contigo podrían ser las más brillantes de todo este lado del océano Atlántico. No suelo estar a solas todo el tiempo, pero sí lo necesario para reflexionar acerca de lo maravillosa que sentaría la soledad a tu lado. Tus silencios. Se convierte en acto habitual recrear constantemente situaciones imaginarias en las que constituyes todo el argumento, como por ejemplo esa en la que salgo a través de las puertas del cercanías en la tercera o cuarta parada de la línea número diez de tu ciudad mientras entras atropelladamente y te chocas con mi hombro izquierdo en cuyo gesto se te cae el libro que llevas en tu mano izquierda y gracias al que yo vuelvo atrás para ayudarte a recogerlo mientras decides quedarte a este lado de las puertas, estática, a recuperar lo que te pertenece. Aunque termines compartiendo conmigo la vida que andabas buscando y a mí me guste seguir pensando eternamente que te quedaste en este lado porque por fin elegiste la vida. Y creo fuertemente que, si no las puedo encontrar contigo, no encontraré buenas historias en ninguna parte.

23 octubre 2012

Al final, con la palabra, aprendí a jugar a un juego por placer; de otra forma hubiera sido imposible medir la rudeza del miedo. Y aquella piedra pesada y sin forma y que no ocupaba ningún espacio era todo lo que tenía para darme, y no había nada que considerar. Quedarse ahí era algo inteligente cuando todavía era viable acordar repararse mutuamente, estaba aprendiendo a controlar su temperamento. Algunas circunstancias nos aportaron una satisfacción propia, pero aquello no podía ser, no para ella. Y no había nada que deliberar. Y ya enterramos todos los recuerdos de cuando ella estaba en plena búsqueda del placer y también de cuando me entristecía con el silencio de las cosas que ahora nos afaman en la escritura. Pero entonces ella bailaba y se alzaba en pie sobre la tumba, y cantaba con esa voz tan susurrante incluso cuando no había nada que pudieras hacer con ello. Yo, como verás, estaba metida en un buen atasco, y esa chica ardía en cualquier instante caprichoso allá donde hubiera algún sitio en cualquier parte para simplemente abastecerme por todo el tiempo que me había robado el trabajo de encontrar todas las cosas que solo pretendía conseguir para darle. Y claro, así no había nada de nada, y con ello nada que no temiera. Pero empecé a crecer. A crecer gloriosamente. Y empecé a dudar sobre ella y todos los sitios a los que fuimos para estar en cualquier otro sitio que estuviera simplemente fuera de allí. Y, finalmente, ella se marchó casi danzando, y aún así me sentí tan culpable tratando de medir la gravedad incluso cuando no había nada entre nosotras. Pero esa chica me desbordaba y solo nos pusimos de acuerdo en que me deje algún recuerdo de vez en cuando junto a la puerta en lo alto de aquella torre que le conquisté, y desde donde aún no me he podido volver hacia ella con encanto floreciente porque yo solía pensar que por fin aquella primavera podría acabar con la lluvia donde solo existía el juego, y no la verdad, ni nada que considerar cuando no había nada que considerar.


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alla fine la fine non è la fine.

16 octubre 2012

quiero que sea diciembre y haga frío y llueva aquí y ahora y que  estés a mi lado esperando un autobús a cualquier parte con un paraguas amarillo y unos guantes sujetando mi mano dentro del amplio bolsillo de tu abrigo y una bufanda alrededor de tu cuello de lana gruesa de color negro como tus ojos o como el futuro incierto que nos vigila y quiero lluvias de domingo que aploman en el sofá y golpean en el cristal las gotas como si se dirigieran hacia nosotras con intenciones pecaminosas como haría yo hacia el espacio que supone tu cuerpo deslizándose sobre el mío en un vaivén de delirios y frases que no tienen sentido alguno pero nos hacen pellizcarnos el lateral del vientre porque asustan y tener el despropósito de escribirte aquí que aún no te conozco pero creo ciertamente que podría enamorarme de ti y leerte todas las noches susurrando bajito a la luz de las luces blancas de navidad que colgaría sobre el cabecero de la cama justo encima de la almohada donde colocaría tu cabeza ligeramente inclinada sobre tu hombro para poder mirarte a la misma altura al colocarme boca abajo a tu lado y decirte lo preciosa que estás y hacerte conocer todas las ganas que tengo de que leas este texto que no tiene ningún punto ni coma porque no quiero que tenga ni pausa ni final al igual que no quiero que acabe este ni tampoco se detengan nunca estos momentos contigo que aún están por venir

29 septiembre 2012

Octubre te puede calar a infinidad de profundidades según el matiz que incorporen las circunstancias ajenas. Yo, por ejemplo, querría alcanzar la perfección, creo que le echaré un poco de café a este azúcar. Ando deslizándome sobre las puntas de los pies. Muero y resucito en cada caricia. Tengo multitud de visiones diferentes para todo, he dejado que el sentimiento de soledad imaginaria eche raíces en el pequeño y complejo hueco que le he reservado entre cada costillar. Aquí llueve al menos trece veces por semana, hasta calar. Nunca me pregunté en más de tres ocasiones por qué no me planté en todas aquellas puertas negras opacas y vetadas y me desgasté los nudillos reclamando lo que me pertenecía. Lo dejé pasar. Creo que no vislumbré que ya era hora de dejar de agarrarse por el propio cuello. Podría empezar a escupir y no cesar en todas esas caras de impasibilidad que tienen, con su siniestra sonrisa torcida mostrando los caninos, dejar deslizarse toda esa saliva de desprecio hasta sus pies. Imagino películas mudas en blanco y negro en las que todas las imágenes se suceden a muy poca velocidad. Menos de diez fotogramas por segundo. Estoy delante de alguien gritando, los brazos en tensión haciendo aspavientos y gesticulando de manera desagradable pero de efecto paliativo, las manos agarrándose al aire, la cara descompuesta por esa inyección venenosa de impotencia descontrolada. Quiero estampar esta mano abierta sobre su cara y clavarle la punta de los dedos en las cuencas de los ojos. Tengo rabia por no poder estallarle esta botella en la espalda. Me tiraría al suelo y me reventaría la piel de arriba abajo de golpear el asfalto, quiero anclarme algo en el pecho hasta que deje de quemar. Octubre quiere vomitarme todas las palabras que no dijo, dice que hay tristezas que es necesario llorar. Tengo fatiga de sociedad, estoy con las rodillas clavadas en el pecho, las palmas de las manos soportan todo mi peso sobre el suelo desgravado, la frente apunta hacia el blanco. Quiero doler, quiero destrozar algo, quiero desvelar todo mi cuerpo contra lo indestructible y negro. Quiero arañarle y doler. Quiero lanzarme contra esa figura neutral y abstracta y demolerla. Octubre. Quiero morderle y gritarle como un perro lleno de rabia. Quiero deformarla y separar sus átomos y hacerlo trizas.

Y entonces saltar esa fina línea que separa el delirio del amor y lanzarme contra su beso y recorrer con la lengua toda su anatomía. Quiero reducir todo su malestar a instantes paulatinos de placer. Quiero llorar de dualidad tristeza.felicidad rebosando el pecho que parece reventar. La felicidad y la tristeza se sienten más si se enquistan a partes iguales. Trescientos noventa y siete mil seiscientos veinticuatro orgasmos por segundo. Quiero huracanes de aliento desfogado, hacer el amor hasta abrirse el pecho en canal, dejar el corazón desprotegido, indefenso y desnudo. Dejarlo clavarse hasta el fondo, enamorarse de octubre, octubre...
Eres necesidad y odio a partes iguales, un arma de doble filo. Has violado la inocencia.

20 julio 2012

Ensayos.

- Hay un universo paralelo donde se encuentra esa clase de personas que no se inmutan de tu lado a pesar de insistir de primeras en que habita un invierno dentro de ti. Se les puede distinguir fácilmente porque tienen esa mirada profunda que se advierte en la gente maravillosamente inteligente además de un conjunto de rarezas que los caracterizan. Sí, no sé, de ese tipo de rarezas que se les ha de perdonar, que siempre he creído que están más que excusadas; supongo que es como un sacrificio o algo así... La gente más inteligente es por lo general más triste. Ya lo decía Raistlin. Y el desconocimiento, la falta de interés y comprensión hace de los estúpidos e ignorantes personas más felices. Puede que sea una cuestión de equilibrio. Esas mentes me cautivan, me fascina que encuentren afinidad en todo lo que les rodea. Que alcancen un nivel de comprensión elevado del mecanismo ya sea material o abstracto de absolutamente cualquier sistema habido y por haber...

05 julio 2012

Recordar fugazmente la vida a fragmentos.

Aquel verano, aquellas vacaciones en nosequéparte del norte/mitad de España. No consigo alcanzar a recordar el sitio exacto, pero creo que se trataba de una residencia de tiempo libre en Segovia, entre unas montañas. "La Casona del Pinar" se llamaba, o algo así. La decoración de las habitaciones era bastante escueta, pero al menos tenían una litera y una cama de matrimonio. Yo pedí dormir abajo. La parte de arriba de las literas me habían dado siempre un poco de miedo hasta que decidí poner una en mi propia habitación, y fue una gran idea, aquella cama se convirtió en mi refugio durante muchos años. Desde allí arriba lo veías todo con otra perspectiva. Dormía por temporadas en cada cama, alternando la litera y la de abajo, pero cuando la cosa se ponía fea no había quien me bajara de allí. La cuestión es que las camas de la residencia tenían mantas marrones muy gordas, de estas que dan calor solo con mirarlas. Pero aunque fuera verano hacía bastante frío por las noches. Recuerdo la entrada al edificio, la recepción y los extintores allí al fondo de cada pasillo. La tercera planta, la cuarta habitación a la izquierda. El comedor y las sopas con picatostes. Aquellas botellas de vino de cosecha propia del lugar, sus etiquetas doradas. Hacían competiciones en las piscinas y organizaban talleres con monitores. Para cerrar las vacaciones montaron una gymkana, y en la última prueba colgaron globos llenos de harina a lo largo de una cuerda. Teníamos que subirnos a hombros de alguien, nos colocaban detrás de una línea y tras la voz de aviso debíamos trotar hacia la cuerda y explotar nuestro globo correspondiente antes que nadie. Yo me subí a hombros del Capitán y corrimos, de verdad, más raudos que el viento. Disfruté sobremanera aquel momento, y aquel recuerdo ha vuelto fugazmente a mi cabeza esta mañana. Y he soltado una sonrisa de medio lado


y me he perdido en toda aquella explosión de blanco.

16 junio 2012

tout.


"Ya no será necesario que beses el suelo por donde piso", condenó.

Es curioso observar cómo aprovechamos ese instante cualquiera, por aleatoriedad, de ruptura del silencio en mitad de una noche cualquiera, aleatoria ésta también. Un ligero carraspeo, un crujir de muebles, un suspiro, el beep-beep del despertador que marca las 04:00 en punto. El chispazo que llega desde la cocina cuando salta el compresor de la nevera. Y entonces se produce una caricia apenas perceptible, un leve roce de piernas, un suspiro, un beso a medias que desfallece en el hombro del que duerme al lado. Esperamos inalterables y pacientes el más ligero movimiento del cuerpo ajeno y, en cuanto se quebranta la tranquilidad, cazamos la oportunidad con toda la impulsividad que se nos expande desde dentro y nos colma. Nos damos la vuelta y abrazamos, nos estiramos de medio lado, suspiramos levemente. Son las 04:07 minutos.

Quién no ha recibido nunca las buenas noches en compaña y aun con esas le ha asfixiado el insomnio, dejándote acechando cual ave rapaz en la perpetuidad de la noche. Analizando la respiración ajena, acompasando el sube y baja abdominal. Crónicamente sufriendo de eso mismo: el miedo de una soledad irremediable. Cebando el temor imparable, potencial e implacable de las pérdidas inminentes. Quién no ha temido ver de por medio la distancia abismal que le separaría de quien por entonces, en un momento cualquiera, aleatorio, descansa al lado. Como si los estados de alerta y vigilia pudieran retener virtualmente ese conjunto corporal, detener ese instante, parar el frenesí que supone toda esa tormenta desoladora que justifica su comienzo en un día cualquiera, aleatorio, por un desgaste cualquiera, aleatorio. Y que ya está abocado al fin. 

Compartiré generosamente dos de los consejos más grandes que ha dado siempre la capitana:

1. El cariño es lo único que realmente no se puede exigir.
2. Cada abrazo hay que darlo como si fuera a ser el último.





12 junio 2012

Me duele, me duele... me duele el país.

11 junio 2012

"Lo cierto es que la vida -¡qué indecente resulta nombrarla así, como si fuera una divinidad, como si encerrase una esotérica significación y no fuera lo que todos sabemos que es: una repetición, una aburrida repetición de dilemas, de rostros, de deseos!-"

Quién de nosotros.

08 junio 2012

Echar de menos huele a diciembre.

15 mayo 2012

Se ofrecen buenas noches (aunque corruptos y oxidados) antes de dormir todas las noches del mundo a cambio de la cura de la tristeza inmediata.

Derecho a.

Tengo las piernas llenas de heridas y golpes, como todos los comienzos de verano. Dos cicatrices en los tobillos persisten, de cuando fuimos a patinar y se me olvidaron los calcetines largos y me hice quemaduras. Menudo domingo tan pleno. El agua empieza a correr fría y decido apagar el grifo. Me sumo en el húmedo vacío que se ha formado en el baño. Mi cuello reposa sobre una toalla en el filo de la bañera. Empieza a invadirme ese miedo que últimamente me acompaña tanto a todas partes.
¿Existen realmente las causas perdidas?

Me hubiera gustado ser una de esas personas que han dedicado gran parte de su infancia a algo en particular. Por ejemplo, la gente que sabe tocar el piano, o cualquier otro instrumento. O las que se dedican a cualquier deporte de forma casi dictatorial. Ser de esas personas que las observas apenas unos segundos y ya podrías atreverte a decir que llegarán lejos. Yo estuve asistiendo a clases de pintura durante tres o cuatro años, desde los ocho hasta los doce, aproximadamente. Las paredes de mi casa las decoran los cuadros que hice durante aquel periodo de tiempo. Abandoné la práctica porque, sinceramente, empezó a parecerme algo impuesto. Todos los lunes de 17:00 a 19:30 horas. Sin exclusividad. A mí me gustaba garabatear las últimas hojas de los cuadernos, los blocs de cuadros, rayas, finas, gruesas, lisos, de papel reciclado, de cartulina, de colores, amarillos, de anillas, encuadernados, con agujeros de troquel, de folios, con márgenes y sin ellos, hojas con nombre de hoteles impresas, en las caras de atrás de papeles impresos. Las paredes, las manos, los pies, en el aire. Buscaba coincidencias en el gotelé de la pared de mi cama los sábados por la mañana. Sin orden, sin pautas, con pinceles o con las manos. A ojo, a tientas incluso. Le dije a la capitana que quería estudiar bellas artes y recibí como respuesta un no más grande que mi metro cincuenta de aquellos entonces. Lo abandoné, directamente. Pinté el último lienzo: una ventana con rejas y flores en el alféizar. Y casi se podría metaforizar diciendo que tiré mi futuro por ella. Mucha gente veía esos cuadros con firmas tan desiguales y desproporcionadas y tan impersonales aún y todos opinaban que debía continuar con la práctica. A la mierda. Ojalá pudiera explicar el miedo de plantarse delante de la hoja en blanco y la manía de comprar cuadernos y más cuadernos de forma obsesiva para terminar apilándolos con las entrañas vacías. Se me truncó la creatividad, se acobardó y se escondió en algún lugar aquí dentro desde donde de vez en cuando patalea y me araña. Si lo pienso me agobio y se acentúa el pinchazo en el costado. Me arde la cabeza, bombardean las ideas a matar, quiero estallar por dentro y expandir toda esta adrenalina condensada por el aire. Quiero acabar con este destrozo arraigado y renacerlo, volver a consolidar los pilares que.


Me zambullo por completo en el agua que me cubre hasta las rodillas flexionadas. Dejo que las gotas se cuelen entre los surcos de mis orejas. Escucho atentamente al silencio, le hago partícipe de mis pensamientos, se los regalo, le incluyo una posdata si hace falta y no admito recurso de reposición alguno. Quiero vaciarme por dentro, quiero dejar la mente en blanco y centrarme en el núcleo, en las entrañas que me mueven, buscar mi salvación, arropar mi propia causa perdida y buscarle un lugar donde explayarse. Quiero que se esfume el miedo, quiero volver a casa, quisiera no salir nunca de esta burbuja líquida que me envuelve como una manta. "El miedo es como una manta que...". Como dicen los poetas muertos. Quiero sonrisas perfectamente perfiladas, por favor. Una mano ajena que se pose en la frente y reste, aniquile, extorsione, desvanezca, evapore, o lo que quiera que sea, esta forma tan tirana de ver el mundo. ¿Es más feliz la gente que tiene los ojos azules o verde claro? Por eso de "ver la vida de otro color". Mira, yo no sé hasta qué punto tiene que ver el brillo y el color de unos ojos con la felicidad que alberga el cuerpo que los contiene. Ayer hablaba de este asunto con dos buenos amigos. Además, yo conozco a la persona más triste del mundo y tiene los ojos negros. No creo que sea simple coincidencia. No creo en las casualidades. O sí. Bueno, depende, según el día. Lo cierto es que nunca he sido de encasillarme, corremos peligro de ser excepcionales y de cometer errores de cálculo. Prefiero ligarme a una perfección relativa, la mía propia, y cincelarme cada segundo en ella. Por eso no acepto fallos, no me perdono errores propios, siempre clasificados por mi propio criterio de perfección/percepción, claro. Abro los ojos bajo el agua, escuece un poco. Salgo a la superficie, tengo ganas de vomitar las palabras. Esta es la segunda verborrea más absurda que me ha sucedido nunca, la reflexión menos pagana.

Voy a sentarme a garabatear un rato. Mi causa perdida. 
Todos tenemos derecho al delirio.

10 mayo 2012

Tengo el corazón errático.



Una buena amiga siempre dice que la suerte también se elige.

02 marzo 2012

Puede contener trazas de ti.

Iba con mucha seguridad. Hacía mucho tiempo que no volvía a aquellas calles y no habían sido unas semanas buenas. Valientes sí, pero horribles a rabiar. No quería pensar en nadie más que en mí. En el daño que me hacía sin cesar ni darme cuenta y sobretodo en el daño que quedaba por llegar. En ese momento solo quería encerrarme en las palabras y las hojas tintadas.

Siempre hay mucha gente por las calles del centro. No sé, las personas van y vienen y les importa de verdad una mierda lo que tengas aquí adentro.

Me siento tremendamente sola, en este instante, ahora. Pedaleo un poco más fuerte y dejo a mis pies desmayarse sobre los pedales. Me recoloco la mochila sobre los hombros, miro fijamente a la gente que pasa, apartan la mirada, vuelvo a colocarme la mochila, tiro el cigarrillo a una alcantarilla y se cuela entre las rendijas, sigo pedaleando en modo automático sin poner mucha atención a lo que hago, hace calor y me mareo un poco, estoy pero sin estar, pero sigo mirando a mi alrededor a través del filtro de mis gafas de sol como si todo fuera desconocido, como si tratara de renovar el recuerdo ya existente, suave, la música sigue retumbando en mis oídos. Quiero mirar como si todo fuera frágil. Como de cristal. Quiero dejar entrar torrentes de belleza delicada por el iris. Sigo pedaleando y si no acabo desmayándome es porque quizás recuerde tanta intensidad de alguna experiencia didáctica anterior. De algún libro, quizás. Me cae una gota en el brazo…

Me parece precioso cuando la camiseta se desliza hacia un lado y me deja algún hombro desnudo. Caigo sin sorprenderme demasiado en la palidez de mi piel. Me veo reflejada en algún escaparate casi por casualidad. Sonrío de medio lado a mi yo del otro lado del cristal. El cristal del escaparate, no de toda la fragilidad de la que hablaba antes. Vuelvo a subirme la camiseta. ¿Le parecerá bonito a alguien? Es algo que imagino siempre. Me pregunto si alguien sufrirá una ínfima crisis nerviosa si se da cuenta del detalle y nota como algo por dentro le sube hacia arriba. Si alguien pensará en deslizar el dedo por el hombro siguiendo el contorno de la tiranta bordada del sujetador hacia abajo despacio. En acariciarme la piel a besos y decirme estoy leyendo tus palabras en el braille de los labios.

A veces creo encontrar sonrisas perfectas y me sube un cosquilleo desde la garganta al corazón. De placer visual. No suelo buscar casualidades cuando voy al supermercado o subo hasta la tercera planta de la facultad. Al menos no muchas más de las que soy consciente me puedo llegar a encontrar. No busco casualidades tampoco cuando me adentro hasta el final de la librería. Hasta la sección de novela negra, thriller e intriga. Echar de menos y leer a la vez me resulta imposible, me ahoga.

Sigo pedaleando con un destino fijo: esa meca literaria que supone todo ese conjunto de estanterías repletas de libros desordenados, donde el mundo pierde sentido y en ocasiones encuentro pedazos de papel con retazos de vida escritos con distintos matices entre las páginas de los libros. Encuentro la felicidad entre todas historias de locuras, mentiras, amores, desencuentros. En qué otra cosa podría haber estado pensando en cualquier otro momento, allí es absurdo querer otra cosa que no sea perderse en la espiral, perderse en las letras, olvidarse de las casualidades, de las causalidades y del destino forzado, la vida es tumbarse a beberse esas historias y leerse las palabras y las mentiras, y dejar, por un rato de alivio, de escucharlas.

Me detengo medio minuto en plena mitad de aquella calle de acera estrecha, acabo de decidir en este instante el final que quiero para todo esto. Voy a permitirme derramar un par de lágrimas por aquellas semanas dañinas y voy a volver a ser yo. Me olvidaré de esto como el que se olvida de lo que comió hace tres días. Me enciendo otro cigarrillo y me dispongo a seguir mi camino. 

Sorpresa la mía cuando te veo cruzar la esquina de enfrente y apareces delante de mí. Te detienes, me sonríes y te acercas despacio y alegremente a saludarme.






(...)

Te conocí con gafas de sol y una camiseta gris de tirantes que te dejaba al descubierto las clavículas. Me dijiste te invito a desayunar las mejores tostadas de tu vida. Me hablabas sobre música y mil cosas más a las que yo verdaderamente no prestaba mucha atención. Solo cabían en mi cabeza las despedidas y la putada que arrastran las distancias. Del abrazo de hacía diez minutos que aún parecía abrigarme y con cuyo recuerdo habría de quedarme durante 365 días más. Me contabas cosas del trabajo, de tu jefe, de una tal bicicleta a piñón fijo de tu padre que querrías arreglar pero nunca te ponías a ello. Relatabas cosas de festivales de verano y de masas de gente y alcohol y de toda la droga que se consume en ellos y grupos que nunca llegaste a ver y eran tu oportunidad de vida. Nombrabas a mucha gente que creía conocer de oídas pero que en el fondo me daban igual. Hablabas de risas y de pasarlo brutal. Yo solo buscaba con mi mente el sofá y encerrarme introspectiva un par de días. Me dijiste "te dije que acabarías durmiendo allí, te estuve llamando por si te apetecía...". No, es que no quería ir a buscarte. Y, en caso de haberlo hecho, habría sido porque tenía ganas de reclamar un buenas noches antes de dormir. 

Me fijé en tus piernas, firmes y teñidas de todo el moreno posible que el recién comenzado verano nos podía haber dejado entonces. Me gustaban tus piernas, o eso creo. Tus manos también. Pero, como siempre me fijo en las manos y en las piernas, eso a mis ojos tampoco te sumaba demasiado. A mitad del café pediste otro y dejaste el primero a medias. Si se enfría un poco ya no me gusta, me dices. Salimos a fumar un cigarro, me cuentas que es tu sitio preferido para desayunar, me hablas de los objetos que hay colgados por las paredes, me das una explicación al por qué de todo lo habido y por haber allí dentro. Hablas de trabajo otra vez y me dices que me quede a comer que me invitas. Rechacé la propuesta. No quería invitaciones, no quería compañía. Reconozco mi error de no caer entonces en que la que precisaba compañía eras tú. Te ríes de mis gafas de sol y me dices venga anda que te invito a una cerveza. Terminaron siendo tres. Acabé conociendo a no sé quién de tu familia. Me sentía incómoda porque no tenía necesidad alguna de estar allí. Querías que me quedara y yo solo quería escaparme. Nos rebatimos los comentarios, me río, te ríes, nos despedimos y cuando giro la esquina ya apenas pienso en todo lo que hemos hecho un rato antes. No me interesabas. Pero empezaron a nacer casualidades por todas partes.

Dejé que me conocieras porque estuve dos semanas reflexionando y encontré la calma interior. Me dijiste haré que te olvides. Y entonces te dejé llamarme, traté de relajar esa tensión. Fueron fallidos todos los intentos. Quisiste venir a verme y yo no te contesté. Te lo puse difícil y sólo alimentaba tus ganas e interés. Te permitías hablar de mi cuerpo y yo sentía que tratabas de apoderarte de algo que no te correspondía. Aunque lo consentía quizás porque me cuidabas en parte, tenías un ligero ápice de dulzura escondido entre tanto incordio. Bromeabas y te reías conmigo y no de mí. Tienes el don de la palabra y conseguiste hacer que estuviera pendiente de tus movimientos. Te advertí de que yo no era yo, aunque siguiera manteniendo esa maldita costumbre de querer cuidar y prestar atención a la gente. Yo sentía la liberación de la tristeza que me mordía el hambre con el paso de los días. Una noche te despediste antes de ir a dormir y sonreí. Sonreí de verdad, me gustó aquello. Te dejé entrar un poco más en mi cabeza. Ligeramente, apenas perceptible. A los días inventamos planes de escapadas que no llegaríamos a hacer. O tal vez sí. Quisiste venir a verme otra vez y te dejé. Nos hicimos compañía, eras una cómoda desconocida, tengo que reconocerlo. Te acompañé a casa, me quedé contigo. Hicimos acampada en el sofá y dejé que te apoderaras de mi cuerpo. Te dejé que me hicieras el amor. Me costó esfuerzos enormes cerrar paso del todo a lo anterior. Te dejé estar, unas semanas solo, hasta que todo mejore del todo, me prometí. Acabamos perdiéndonos cuando no hacías otra cosa que hablar de mí con todos los que hablabas y se supo que empezamos a hacernos compañía a menudo...

No quería que me tocaras, ni que me rozaras siquiera. Únicamente quería verte tumbada ahí al lado haciéndome si era posible más liviana la soledad. No necesitaba derramarme en tus caderas, y si me tumbaba encima de ti era para sentir debajo y no encima todo el peso de la derrota que aún me seguía machacando. Yo no quería llamadas, no quería atención, no precisaba de tus besos. Me llamabas, me prestabas atención, me reclamabas los besos. Yo escapaba, salía de tu casa y corría. No quería estar allí, no me gustaba. Lo hacía por buscar una vía de escape. Cual de aquellos dos cuerpos estaba más perdido y destrozado. Me acostumbré a que estuvieras, me acostumbré a la comodidad de tu vientre en mi espalda. A tu respiración en la nuca. No quise llegar a necesitarlo, solo hacerlo parte de mi día a día como método de supervivencia. Unas semanas, como me prometí. No me di cuenta de que estabas echando raíces, y cuando conseguí desprender la tristeza tú te quedaste enquistada en alguna parte. Te pregunté por qué lo haces, por qué me tratas así, sin conocerme. No respondiste de forma convincente. Te dejé estar, te dejé acomodarte en mi presencia hasta que un día y casi sin darme cuenta yo ya me había acomodado en la tuya. Te acompañaba, me cuidabas, te cuidaba, te invitaba a cenar, me traías un café por las tardes. Me llamabas, tenías detalles. Me interesé por ti porque es lo que suele hacer la gente que trata de mantener cierto trato, por simple modusoperandis. No caí en la cuenta de que empezabas a quedarte con las cosas malas de mí y no parecías tener intención de aplicarme el filtro de las cosas que me interesaban y quedarte con ellas. Fumábamos demasiado creo. Nos hicimos demasiada compañía. De repente un día dejaste de ser. Algo se te debió romper dentro y ya nunca volvería a recomponerse. Me dio miedo, lo prometo. No por ti, sino por esa sensación de abandono que me lleva persiguiendo toda la vida y creía ya extinguida. Maldita sea. Volvía a hacer acto de presencia metida en tu cuerpo. Me metiste en tu vida casi forzando. No hiciste ademán siquiera de asomarte en la mía. No podía permitirlo así que me esforcé, te cuidé, te conté cosas, compartí, tuve detalles, te llamé, te acompañé, te visité, te hice el amor con ganas. Cambiamos totalmente el sentido de la situación como el que le da la vuelta a una tortilla o como el que se pega un revolcón. Dejaste de buscar tumbarte encima de mí. Dejamos de hacer el amor. Dejaste de llamarme. Esperé, esperé. Insistí. Volvías a veces. Pensé mucho, lloré, te reíste, me hiciste daño. Me hiciste querer intentarlo porque siempre he sido una luchadora. Venías a veces. Me buscabas y cuando te dejaba encontrarme salías corriendo. Llamé, no respondiste, te busqué, viniste a regañadientes. Te abracé, me apartaste a empujones. Te escapabas, te resbalabas de entre mis brazos cuando solo intentaba regresar al punto de partida. Escapabas, escapabas, escapabas... Hablaste de mis ojos y de la profundidad con la que miro. Dejaste de fijarte, dejaste de cuidarme. Me dejaste colgando, tú que dijiste que me harías olvidar. Dormías entre mis brazos a veces. Otras no. Fue tu espalda la que se acomodó en mi vientre. Nos enfadamos. Discutimos. Nos besamos después, volvimos a hacer el amor con ganas. Desapareciste varios días, me hiciste desesperar. Nunca tenías la respuesta que esperaba de ti. Nos rompimos, nos rompimos. Nos escudamos en no ser para no tener que hacer. Nos besamos, bajaste de aquel taxi y aquella noche no dormiste en casa. Nunca más. Dejé de desayunar por las mañanas en el sofá con la estufa y la manta. Cambié todo de sitio. Traté de olvidar tu presencia, casi lo conseguí. Esperé, esperé. Y me he pasado los últimos meses esperando algo que nunca tuvo intención de llegar. Me enfadé, lloré, te grité, te dije muchísimas cosas feas que no debía pero tenía necesidad. Te fuiste, te fuiste tal y como llegaste. Te odié, te quise un poco después y me arañaste dentro. Eras sumamente fría, tanta ausencia de calor no entraba en mi capacidad de comprensión.

Giré por si acaso otra vez aquella esquina con la bicicleta pero ya no apareciste con tus gafas de sol ni tus clavículas desnudas. No me invitaste a desayunar ni me hablaste de música, decidiste cambiar de camino. Dejaron de existir las casualidades. Dejamos de no ser para no estar tampoco. Dejamos de tener vínculo de unión. Nos perdimos, se rompió. Se cerró el círculo. "Ya no te debo nada que te vaya bien". Y me parece sumamente triste. Yo no sé manejarme en estas situaciones.

Lo intenté, lo intenté aunque tú y yo nunca hayamos tenido ningún fin, aunque pareciera que tratar de mantener aquello fuera inútil porque no íbamos a ninguna parte. Aún así intenté cuidarte, descubrí que tenías un destrozo por dentro, supe que solo necesitarías mis abrazos hasta que estuvieras bien. Estuve dispuesta a arriesgarme. No me culpes. Te he abrazado cada día aunque lo rechazaras, aprendí a apreciar las cosas que no me gustaban. Me metiste a tirones y cuando te aburriste me echaste empujando. Quise llamarte egoísta y mil cosas más, pero en lugar de eso trato de perdonar cada día. No me culpes si toda esa paciencia aplicada ahora pasan factura, prometo que intento anular todo lo malo. Solo réstate el frío cuando te dirijas hacia mí.

16 febrero 2012

Escribo sobre ti porque es el tema más fácil.

02 enero 2012

diez mil y pico.



Quise decirte que dejé de escribir hace unos meses. Intenté encerrarme en mí misma y contemplar la vorágine que me había nacido dentro a modo de cura de las emociones y de tiempos dañinos. No sirvió de mucho, la opción más fácil era escapar corriendo. Durante unas semanas traté de evitar recibir noticias tuyas, dolías bien dentro, luego creo que sencillamente me acostumbré a tu ausencia. O, tal vez, me apoyé en un mínimo ápice de que terminarías volviendo (y luego volviendo a buscarme a mí). El caso es que he de reconocer que he sabido encajar perfectamente el asunto del tiempo y la distancia, más de lo que nunca hubiera imaginado. Es más, me atrevería a decir que ha sido la forma más sana de superar algo a lo que me haya tenido que enfrentar en años. Y ahora qué.
No me preguntes qué tipo de afinidad encuentro contigo, porque no sabría darte una respuesta convincente. Sólo sé que creo que nos aportamos algo muy fuerte. Hacía eones que no me enganchaba tan rápido y de esa forma tan sincera a alguien, tenía una seguridad plena y un convencimiento gigante de que podría salir algo grande de todo aquello. Pero se puso una tira bien grande de kilometraje de por medio y no me quedó tiempo para intentarte convencer a ti también de ello. Ahora sólo sé que tengo muchísimas ganas de abrazarte, y de verte por aquí de vuelta. Que todo vuelva a ponerse en su sitio, te he echado muchísimo de menos y hasta hace unas horas no he sido realmente consciente de cuánto. Lo demás, no hace falta ni que lo hablemos. Tú, de momento, ven ya de una vez, que tengo unas ganas tremendas de verte.