Ven, búscame, busca la vida como si buscaras cada loseta con charco de menor profundidad, aunque solo se calen tus pies en todas las inundaciones,
en el último sorbo del café, en la última frase de cada libro, o en la cara B de alguna cinta de cassette de los Dire Straits que tu padre ponía en el coche cuando tenías cinco años, en los callejones oscuros bajo una farola de luz chispeante, en la sección de novela negra de la librería del barrio, en los servicios de un hostal de carretera, un tropezón, en el ángulo muerto de la parte trasera de un autobús regional de contrachapado en pintura amarilla desconchada. Somos como el agua de ese charco de menor profundidad de cada loseta del que hablaba antes. Creo que las conversaciones contigo podrían ser las más brillantes de todo este lado del océano Atlántico. No suelo estar a solas todo el tiempo, pero sí lo necesario para reflexionar acerca de lo maravillosa que sentaría la soledad a tu lado. Tus silencios. Se convierte en acto habitual recrear constantemente situaciones imaginarias en las que constituyes todo el argumento, como por ejemplo esa en la que salgo a través de las puertas del cercanías en la tercera o cuarta parada de la línea número diez de tu ciudad mientras tú entras atropelladamente y te chocas con mi hombro izquierdo en cuyo gesto se te cae el libro que llevas en tu mano izquierda y gracias al que yo vuelvo atrás para ayudarte a recogerlo mientras decides quedarte a este lado de las puertas, estática, a recuperar lo que te pertenece. Aunque termines compartiendo conmigo la vida que andabas buscando y a mí me guste seguir pensando eternamente que te quedaste en este lado porque por fin elegiste la vida. Y creo fuertemente que, si no las puedo encontrar contigo, no encontraré buenas historias en ninguna parte.